¿Nos acreditamos?

¿Nos acreditamos?

Es muy probable que el año 2000 nos suene a un tiempo algo lejano, una etapa económica, social y laboral bien distinta a la que está siendo testigo de nuestro post. Pero fue en ese año, cuando la Conferencia Internacional del Trabajo en su 88ª  reunión era testigo de una afirmación:

El desarrollo de un marco nacional de cualificaciones sirve a los intereses de las empresas y de los trabajadores porque facilita la educación permanente, ayuda a las empresas y agencias de empleo a amortizar la demanda con la oferta y orienta a las personas en la elección de una formación y una carrera.

El sistema de acreditación de competencias satisface una necesidad que hasta ahora no había sido atendida, y es el continuo avance del aprendizaje, y el reconocimiento del mismo. Anteriormente era casi obligada la separación de dos etapas vitales, la época de “estudiante”, en la que los objetivos se centraban en la obtención de los mejores resultados en sistemas de evaluación, y la época de “trabajador”, en la que comenzaba una carrera profesional marcada por objetivos empresariales y salariales.

La acreditación viene a construir una vía de conexión, un puente entre ambas etapas en la que es posible la interacción con ambos sistemas. Se define la posiblidad de que cualquier empleado pueda demostrar sus conocimientos aprendidos en la práctica del mercado laboral y obtener su merecido reconocimiento con un certificado correspondiente. La acreditación de la competencia es el primer paso para la eliminar la barrera conceptual entre el estudiante y el trabajador. 

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